Crema de arándanos para un escuadrón del GEOF

El sábado a la tarde, Barrio Norte parecía zona de guerra: algunos patrulleros cortaban el tráfico de la avenida Santa Fe, muy cerca de la esquina de Pueyrredón, y la cuadra estaba vallada. La tarde gris y tranquila se había transformado de repente en un lugar desconocido de tensión e inminente peligro. Alguien dijo que habían asaltado el edificio que quedaba entre el Café Aroma y la galería de la esquina, y con el paso de los minutos se habló de una toma de rehenes con heridos. Entonces los de la comisaría 19ª decidieron que si iba a haber una negociación, si alguien le iba a apoyar un caño frío a un rehén y si les iban a pedir cajas de pizza, maletines llenos de dólares y un avión para escapar a Paraguay, había que llamar al grupo GEOF y dejar que el escuadrón de elite de la Policía Federal se hiciera cargo.

Con haber visto “Tropa de elite”, la película de José Padilla que alguna vez comenté, alcanza para darse una idea de lo que es un grupo de elite policial: un puñado de tipos que van vestidos de negro o de camouflage, con capuchas, borceguíes y mochilas, que llegan a la escena con sus rifles de miras telescópicas, ansiosos por apostarse en los techos para apuntar directo a la cabeza de los secuestradores y disparar con una frialdad técnica y amoral. El GEOF, que existe desde 1998, está visto dentro de la Policía Federal con algo de envidia y algo de admiración.

Y no es para menos: el grupo se encuentra capacitado y entrenado en forma física, intelectual, táctica y operacional para llevar a cabo las misiones que nos superan a los polis del llano: guerra contra el narcoterrorismo, custodias especiales y situaciones de rehenes. Para integrar el GEOF hay que superar exámenes físicos y psíquicos y luego aprobar un curso de cuatro meses. En el último año se presentaron 78 postulantes, ingresaron 68 y egresaron sólo 9. El nivel profesional, acá sí, es cosa seria.

“¿Sabés lo que pasa, Medaglia? Nosotros estamos donde queremos y por mérito propio”, me dice uno de ellos, un muchacho que trabajaba en mi delegación hace unos años. Ese mismo muchacho, cuyo nombre no puedo revelar, es el que me contó qué pasó cuando los pibes de oro del GEOF llegaron, el sábado pasado, a Santa Fe y Pueyrredón, encabezados por uno de sus jefes más legendarios. Los tipos iban, como siempre, con sus capuchas negras, sus botas y sus elementos para escalar el edificio o para tirar abajo las puertas que fueran necesarias. No faltaba nadie: el Grupo Pablo, especializado en negociaciones con captores, fue el que llegó primero. Estaban sedientos de acción como púberes en una cita de autocine, listos para su famoso mandamiento de las cuatro T: “Todo Tiempo, Todo Terreno”.

Cuando los francotiradores ya habían encontrado su posición y estaban desenroscando sus miras, y los estrategas de las cuatro T tenían casi definida su línea de acción, algo se pinchó. De repente, un rumor ganó fuerza: no había ningún secuestrador, nadie estaba herido y el 911 no registraba avisos graves. Pero los pibes de oro del GEOF decidieron esperar hasta que recibieron la orden de entrar. Alguien había echado a rodar la bola de que la patota de ladrones se escondía en el octavo piso, pero adentro no había nada raro. El grupo de elite “limpió” el edificio piso por piso, para terminar en la planta baja sin novedades. Al final, sólo unos novatos de la 19ª se llevaron detenidas, sin la ayuda de ningún francotirador, a cinco personas: cinco jóvenes amigos, algo exaltados, que estaban haciendo ruido en un departamento donde se pagaba por amor, presuntamente homosexual.

Mi amigo me contó que los gurkas del GEOF se desanimaron cuando se confirmó que todo había sido una falsa alarma: sabían que podía pasar mucho tiempo hasta que una crisis los volviera a apostar en la calle. Algunos de ellos, hartos de esperar la orden de retirada y de hacer el ridículo frente a los periodistas que se habían congregado, decidieron entrar al Café Aroma que quedaba a unos pasos del edificio y acodarse en la barra de la heladería Freddo. Allí se olvidaron de los falsos secuestradores y a pesar del frío de la tarde otoñal eligieron sus gustos de helado: “¿Tenés crema de arándanos?”, quiso saber uno, por dtrás de su capucha negra. “Para mí dulce de leche con brownie y chocolate blanco, por favor”, pidió el otro, al tiempo que se colgaba el handy en el bolsillo. Cuando les dieron sus cucuruchos, se levantaron apenas la capucha para no mancharla con sus cremas de colores. A fin de cuentas, el prestigio de las cuatro T del GEOF siempre está en juego.

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