Doble homicidio y debate de género

Marcelo Cristian Bernasconi tiene 18 años y está acusado de matar a su madre, doña Juana, de 60 años; y a su hermano, Carlos, de 28. Aparentemente, la causa del doble homicidio habría sido el hostigamiento al que lo sometían por su homosexualidad. El homicidio doblemente calificado ocurrió en una casa del kilómetro 79 de la ruta 26, en el barrio de Olmos, al sur de La Plata. Allí fue donde Marcelo Cristian ejecutó a ambos con un disparo de .22 en la nuca. Más tarde denunciaría que habían sido tres hombres los asesinos, pero la coartada se hizo añicos y admitió, finalmente, que él había sido el autor. Su abogado defensor explicó que Marcelo Crisitan vivía en un estado de “hostigamiento psicológico total” por el entorno familiar, potenciado por un ámbito rural “donde la homosexualidad está mal vista”.

Pero lo más llamativo del caso se da ahora, cuando Nicolás Malpeli, el abogado de Marcelo Cristian, pide que su pupilo sea juzgado por un tribunal que esté integrado por un magistrado gay.

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¡Esto es un robo, suspendalón!

Si los siete partidos que llevaba sin ganar en Racing no le daban suficientes dolores de cabeza, el robo de su rosario de oro vino a completar un mal día para Ricardo Caruso Lombardi. Héroe de la clase trabajadora, Lombardi salió campeón y ascendió al Nacional B con Tigre en 2005; salvó del descenso directo y de la Promoción en la temporada 2007/08 a Newell’s Old Boys y terminó en Racing, equipo al que salvó de la Promoción en la última temporada. Nada de eso pareció importarle a los dos limpiavidrios que lo abordaron en Callao y Córdoba el último martes.

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American Police

No sé cómo hace, pero la teniente primero M. tiene un olfato envidiable para descubrir sorpresas en la Web. Con esto no quiero decir que ese olfato no las encuentre en la escena del crimen (M., no te enojes: agradezco tus aportes en el teatro de los acontecimientos desde siempre), pero sí quiero dejar en claro que yo no podría llegar a ciertos links si no fuera porque ella me dirige.

Ahora la teniente primero M. me informa sobre un mook –una revista japonesa– para los otakus de la American Police. La tapa es elocuente: el vigilante se come ocho hamburguesas y una montaña de fritas con ketchup, él solito.

Quisiera ver qué tapa le pondrían a una revista sobre la Policía Federal…

Enigma para mochileros

El crimen del mochilero no será fácil de resolver. Pero una pista fundamental puede surgir de la cámara de fotos de Sebastián Mussachio, el pibe que fue asesinado a golpes de piedra en El Shincal, una zona que en estos días ve sus verdes de montaña y monte tapados por el blanco de la nieve, en la localidad de Londres, Catamarca. El Shincal es una de las mecas a donde los viajantes llegan para experimentar con el San Pedro, el té alucinógeno que puede llevar al cielo o al infierno a quienes se le animan —o a ambos lugares a la vez.

El chico, que estudiaba luthería en Tucumán y tenía 22 años, estuvo desaparecido 19 días, desde el 23 de julio. Días largos de angustia y confusión, en los que la familia se trasladó desde la austral Comodoro Rivadavia, donde vive, hasta la provincia del noroeste. Su hermano había dicho que Sebastián, como todos los Mussachio, sabía bien dónde, cómo y cuándo acampar. E incluso, con quién. Pero las peores sospechas se precipitaron con el hallazgo de restos óseos desmembrados y calcinados en un socavón de piedra.

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El peligro de ser artista

¿Quién dijo que en este país los famosos estaban a salvo del delito? El que lo dijo se equivocó. No tengo mucho que agregar a los mails que nos llegan a la dependencia, que hablan por sí solos. Muchos de ellos son verdaderos pedidos de auxilio que envían los famosos cuando se dan cuenta de que su aureola no sirve para nada frente a los delincuentes. Nosotros, qué podemos hacer, trabajamos con dedicación pero no siempre conseguimos traerles una solución. Somos simples policías, no asistentes ni productores con pistolas. Júzguelo usted mismo.

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Crema de arándanos para un escuadrón del GEOF

El sábado a la tarde, Barrio Norte parecía zona de guerra: algunos patrulleros cortaban el tráfico de la avenida Santa Fe, muy cerca de la esquina de Pueyrredón, y la cuadra estaba vallada. La tarde gris y tranquila se había transformado de repente en un lugar desconocido de tensión e inminente peligro. Alguien dijo que habían asaltado el edificio que quedaba entre el Café Aroma y la galería de la esquina, y con el paso de los minutos se habló de una toma de rehenes con heridos. Entonces los de la comisaría 19ª decidieron que si iba a haber una negociación, si alguien le iba a apoyar un caño frío a un rehén y si les iban a pedir cajas de pizza, maletines llenos de dólares y un avión para escapar a Paraguay, había que llamar al grupo GEOF y dejar que el escuadrón de elite de la Policía Federal se hiciera cargo.

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Dos fotógrafos

Weegee y Arnold Odermatt supieron capturar, a través de sus cámaras, el ruidoso espíritu del poliladron. El primero retrató la noche neoyorquina  de los freaks y los infractores durante los años ’40. En una época en la que el policial negro –desde la literatura y el cine– ponía el ojo en una sociedad corrompida (y ya no en el veneno de los mayordomos), Weegee hizo lo mismo desde la fotografía, utilizando una cámara Graflex Speed Graphic preseteada en f16 y 1/200, y con su libro Naked City (1945) inspiró una película (homónima, 1948) e incluso una serie de tevé. Weegee era, ya en 1938, el único fotoreportero autorizado a llevar una radio capaz de captar la frecuencia policial y en el asiento de atrás del auto se había armado un cuarto oscuro express.

Odermatt, en cambio, miraba desde el otro lado del escritorio: era teniente de la policía suiza y entre 1948 y 1990 documentó accidentes de tráfico en el cantón de Nidwalden con una Rolleiflex y un cartucho de magnesio que le permitía iluminar la oscuridad de la noche durante 13 segundos, para descubrir chatarra abollada, parabrisas astillados y neumáticos corridos de eje. Sus fotos hacían que un peritaje técnico adquiriera la forma de arte, y acaso dotaran de calidad estética a los expedientes que las contenían.

Vale la pena ver las obras de Weegee y de Odermatt.