En los tiempos en los que Madonna y Michael Jackson eran jóvenes y comenzaban a construir su leyenda, Boy George surfeaba con ellos en la cresta de la ola, con su grupo Culture Club. Era un nene lampiño con trenzas y una voz dulce y afeminada, y por eso le decían “Boy”, pero en realidad se llamaba George O’Dowd.
Cómo pasa el tiempo: ahora Boy George tiene 47 años y es un ícono gay, surgido en una época en la que los íconos gay aparecían por todos lados. Y aunque podría estar en una isla del Caribe contando los billetes que en los años ’80 le dejaron los hits “Do you really want to hurt me?” y “Karma Chameleon”, el tipo está gordo y acorralado, metido en su propio juego de las lágrimas: un tribunal de Snaresbrook (Londres) lo sentenciará mañana por haber secuestrado, durante un par de horas, a un taxiboy.
El Caníbal de Alvear iba caminando por San Telmo, acaso disfrutando de la noche y de la soledad de las calles. Por un momento, su imagen en el antiguo barrio porteño se parecía más a la de Jack el Destripador que a la del Doctor Lecter. Pero no se había ganado su apodo en vano. Fueron agentes del Departamento Interpol de la PFA y efectivos de la Policía de Mendoza los que lo agarraron en la esquina de Chile y Defensa y le pusieron los ganchos, ayer a las cuatro de la madrugada, después de tres años de investigación.
El Caníbal de Alvear es de General Alvear, Mendonza, y tiene 28 años. El 7 de mayo del año 2006 mató a Luciano Redemí, un pibe de 22 al que encontraron tres días después. El Caníbal le había dedicado 29 puñaladas y luego le había cortado jirones de piel de la espalda, jirones que antes exhibían un tatuaje con el que sería muy fácil reconocer al cadáver. Para no ser menos que el Doctor Lecter, el Caníbal se los comió.
Es curioso: el propio Hannibal Lecter también estuvo refugiado en Buenos Aires (al principio de “Hannibal”), prófugo de la ley, tal como este muchacho mendocino. ¿Será Buenos Aires una ciudad friendly para con los caníbales? ¿Y qué hay de la primera fundación de la ciudad, en 1536, y del asedio de los querandíes que obligó a los adelantados de Pedro de Mendoza a buscar cualquier cosa para comer, hirviendo el cuero de sus propias botas e incluso hincándole el diente a sus compañeros muertos? Manuel Mujica Láinez contó algo de todo esto en un cuento estremecedor, “El hambre”.
La primera pistola de diseño y manufactura nacional que se produjo a gran escala para la policía, y también para el ejército y la gendarmería, fue la Ballester Molina.
Tengo una en mi mano ahora. Su acero negro devuelve el reflejo desde el pasado. Me la muestra un amigo, me dice que era de su padre, un policía que patrullaba las calles de Buenos Aires en la década del ‘40 con esta misma pistola en su cintura. Me pregunto qué deberes se han cumplido empuñándola, y cuánto de prohibido esconde su gatillo.
A veces mis amigos de siempre me burlan y me cantan ”Ya no sos igual, ya no sos igual, sos un vigilante de la Federal”. Parece esa escena de Tropa de Elite en la que André Matias (el policía negro) está bailando lentos con su compañera progre de la facultad y el discjockey, que lo odia, le manda el tema “Policia” de Titäs… Yo me río: a decir verdad, me gusta esa canción de 2 Minutos. Así que, para mis amigos de siempre, acá les dejo un video que hizo alguien sobre el tema, con una animación muy entretenida. Ellos saben que yo no me olvidé de “pasar por el bar de Fabián”.
Y ahora pregunto, ¿alguien conoce alguna canción rockera que hable bien de la policía? Y no me vengan con que Axl Rose se ponía la gorra y soplaba el pito en “Paradise City”…
“Un hecho bastante particular se registró en la madrugada del sábado, cuando a sólo una cuadra del edificio de la Unidad Regional Norte, ubicado sobre avenida Belgrano al 700 de la ciudad de Río Grande; un jovencito de 18 años fue aprehendido por personal policial, habida cuenta que el muchacho había realizado distintos tipos de ilustraciones y graffiti, nada más y nada menos que en las paredes de una dependencia policial. El sujeto quedó detenido en carácter contravencional, y según se pudo saber, ya en horas de la mañana de sábado, habría tenido que pintar de su color original las paredes y dejarlas en perfectas condiciones”.
Encuentro algunas historias como ésta en Resumen Policial, una web fueguina que recoge un noticiario dedicado y completo sobre las aventuras (y las desventuras) de los agentes del fin del mundo.
Nos sacamos las ganas. Estábamos en la dependencia, charlando sobre lo asqueroso que debe ser el trabajo de estos Crime Scene Cleaners (vean lo que limpian estos verdaderos Mr. Musculo) cuando uno de los suboficiales, que habla inglés muy bien, se entusiasmó, dejó de lado el oficio que estaba redactando y dijo “¡Llamemos a una de esas empresas!”.
Marcó entonces el 001-888-577-7206 y llamó a Crime Scene Steri-Clean, quizás la más recomendable de todas estas compañías. Está en el negocio de la muerte desde 1995 y opera en el sur de California. Sus limpiadores están disponibles las 24 horas y se encargan del “aquí no ha pasado nada” en homicidios, suicidios y accidentes. Dicen que pueden remover rastros de cualquier antigüedad, olores penetrantes, putrefacciones varias. Y lo mejor de todo: no te cobran en el momento.
Abajo colgué la conversación que mantuvo el suboficial. Fue breve, porque se cortó y no pudimos volver a hacer contacto. El suboficial habló con un tal Neil, un tipo seco y antipático (con ese trabajo, no debe esperar mucho de la vida), que le dijo “No siempre necesitamos autorización de la policía para trabajar, porque hay escenas del crimen que no involucran a la policía”.
“Sabés Medaglia, cada vez que entro a la escena del crimen siento que me voy lleno de bichos y bacterias, y aunque después me bañe, igual me quedo muchos días pensando si me habré agarrado alguna peste”, me comentó el otro día un amigo, inspector de la División Homicidios de la PFA.
Los que trabajamos en la Policía lo sabemos: la sangre, los tejidos, las bacterias, todo lo que viene con la muerte puede ser nocivo para la salud de los que llegamos después. Incluso, el miedo que queda flotando.
Después, de casualidad, encontré un par de compañías yanquis que trabajan limpiando lo que queda en el lugar del hecho, “Crime Scene Cleaners”, se hacen llamar. (Hay una película muy mala con Samuel L. Jackson que trata el tema, mejor evítenla).
Le tengo que contar a mi amigo de la División Homicidios que se fije en las cosas que venden esas compañías. Tal vez, le interese entrar al próximo teatro de los acontecimientos con una máscara de éstas:
Leo con interés creciente cómo los floggers protagonizan las páginas de los policiales… Por ahora, el fenómeno tiene carácter federal: aún no desembarcó en la gran ciudad. Si a fines de diciembre de 2008 hablábamos del primer crimen de un flogger, ahora debemos referirnos a un nuevo crimen flogger, pero esta vez el joven flúo se para en la vereda del agresor.
En aquella oportunidad, una patota había acabado con la vida de Guillermo Joel Cáceres (/guisshe_electro) y Cumbio había salido a pedir un poco de sensatez desde su fotolog. Los invito a participar de un juego mental: ¿y si Cumbio hubiera pedido venganza en vez de sensatez? ¿Qué tal si hubiera dicho “Por cada uno nuestro que caiga, caerán cinco de ustedes”?